La quietud de la oruga
(je est une autre)
Entrar en un libro, leerlo por primera vez, es como sentarse frente al espejo a la espera de “algo” que nos re-clama, nos con-mueve, nos acerca y nos aleja a la vez: Olvidarnos. Darnos. Dar. Cuando Isabel me propuso acompañarla en su próximo libro, tuve un momento de vacilación. Y es que los libros no siempre nos encuentran de la misma manera y, según cómo nos encuentren, las palabras brotan a saltos o a tropezones. Los libros, más si no se han liberado aún de su autor, vienen cargados de incertidumbre.
Un prólogo suele ser el puente entre autor, obra y lector. O no. Menos mal que Borges acude al rescate: “para conocer a un autor hay que leer al autor, no lo que se escribe sobre él.” Por eso, lo que yo pueda decir aquí es sólo parte del ritual que supone acompañar a una poeta en su nuevo libro: Desbordamientos: Regresar al lenguaje, esa Morada donde cuerpo y alma no compiten, se sostienen. Regresar al fondo del fondo de una misma caminando las horas de un viaje hacia la Esencia. Desde las voces que nos habitan y re-construyen. En el propio nombre y en el de todas las que han sido y las que vendrán: entre “las que escribimos” y “porque siempre son ellas: una Antología de seis mujeres poetas que posibilita el canto desde todas las que somos.
Todo es “ficción” en este libro (Pessoa), tal vez por eso Desbordamientos rezuma verdad en cada uno de los tramos que lo vertebran. Estamos ante una propuesta original en la trayectoria de Isabel Hualde, una autora que no se esconde en la escritura, que sabe decir yo y también “yo es otra” (Rimbaud), pues cuando algo acontece, como señala Chantal Maillard, no hay escapatoria. Así, las seis mujeres convocadas aquí, enredadas en un acontecimiento relacionado con la muerte, acreditan que escribimos para que el agua envenenada pueda beberse (Ch. M.), y también, felizmente, para que ese algo con plumas de E. Dickinson pueda posarse en el alma. Seis poetas que, con voces y formas distintas, muestran la capacidad de Isabel para acercarse al poema desde lugares diversos, algo notorio ya en sus libros anteriores.
Este libro, como lo fuera Reconstrucciones, es un lugar-refugio para dar cobijo a todas las mujeres heridas, creadoras, luminosas que forman parte de la autora, que constituyen su propia voz: esa voz que me visita por la tarde, cuando me ausento sin saberlo de mí, esa voz también es mi voz (A.S.).
En el fondo, nos escribimos en cada libro. Re-escribimos, nos re-inventamos. En Desbordamientos, a diferencia de esos libros que se ensimisman, el paso del yo al nosotras es natural, inevitable: la individualidad se afianza en el plural al tiempo que se diluye en él. Isabel Hualde sabe bien lo que es ponerse en otras pieles, única forma, tal vez, de traspasar la propia piel, de llegar al fondo de sí misma desde una escritura sanación y salvación. Ese Lugar desde el que, como le ha sucedido a otras mujeres poetas, poder decir yo sin temor, con la libertad que otorga “tener una casa que me permite recogerme en la quietud de la oruga”. Con el poder que confiere ese vehículo de emociones que, según Katalina Santisteban, es la Poesía.
Sucede que, a veces, entramos en un libro sosteniendo el papel y las palabras desde el borde de un acantilado. Asumido el riesgo y mitigada la sed, os invito a transitar estos Desbordamientos. A partir de aquí todo queda por leer, por vivir, por escribir. Abandónate. Desbordate. Sé parte de este palimpsesto.
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